Aspectos interesantes de la meditación

Meditar es un proceso que requiere cuidarlo, regarlo y revisarlo. Todos sabemos lo difícil que es empezar una casa por el tejado. Son unas pequeñas reflexiones sobre nuestra disponibilidad para la meditación y una pequeña práctica para generar ese estado de compasión.

Todos aquellos que meditamos regularmente – porque consideramos dicha ciencia como parte de una disciplina espiritual sistemática – necesariamente hemos de creer que tras el mundo físico se oculta otro, real, espiritual, de inimaginable esplendor; y que es posible para el ser humano ponerse en contacto, por medio de la meditación, con ese mundo interno, en medida cada vez mayor.
Porque, de no ser así, no habría razón para entregarse a esta clase de actividad mental.
El mundo de la Realidad se halla oculto dentro de la mente de todo ser humano, y puede conocerse más y más, al penetrar progresivamente en niveles más profundos de la mente. Por eso es necesario además de practicar la reflexión en todas sus formas posibles también hay que entrar en sus profundidades por medio de la meditación.
No es fácil definir el propósito de la meditación, ya que depende de la base mental del individuo, de su temperamento y de su evolución espiritual.
Pero podríamos decir que dicho propósito consiste en llevar la personalidad inferior a ponerla en contacto consciente con el Yo Superior, haciendo, de modo, que dicha personalidad perciba mejor su origen, destino y naturaleza, que son todos divinos.
Necesitamos introducirnos en las capas más profundas de la mente y de la conciencia, por medio de técnicas bien definidas que forman parte de la disciplina del yoga.
La diferencia que existe entre estos dos tipos de actividad mental puede comprenderse comparándola con las técnicas de la natación. El individuo que haya aprendido a nadar por la superficie del agua puede explorar todo cuanto se encuentre en ella; la totalidad del mundo que se halla en contacto con la extensión de los océanos está abierto a su observación e investigación. Pero muchos otros mundos, en variedad infinita, se ocultan
bajo la superficie, en diferentes lugares y a diversas profundidades, y sólo podrá ponerse en contacto con esos mundos e investigarlos cuando aprenda a sumergirse, a pasar del exterior a las honduras del agua; el proceso de nadar por debajo es algo distinto de la natación corriente, presenta problemas diferentes y necesita técnicas diversas.
La diferencia entre la actividad mental corriente y la meditación es de índole análoga a la que existe entre las dos clases de natación.
En el razonamiento riguroso la mente actúa de modo disciplinado, pero su movimiento aunque nos lleve a un nivel cada vez más profundo de la mente y ésta pueda mantener una actividad concentrada y prolongada sigue siendo por encima y mientras actúe de ese modo solamente estará en relación, y por lo tanto podrá conocer, únicamente, lo que se relaciona con la vida externa.
En este tipo de funcionamiento, también actúa la mente, por supuesto, pero intentamos ir progresivamente hacia nuestra naturaleza íntima. Lo que significa este movimiento de la mente en profundidad se entenderá plenamente al estudiar los Yoga-Sutras de Patanjali.
La diferencia entre la actividad mental corriente y la meditación es de índole análoga a la que existe entre las dos clases de natación.
El proceso ordinario del pensar, aunque sea profundo y se proponga un fin determinado, implica solamente movimientos mentales a nivel de superficie. El nivel más hondo de la mente supone entregarse a una actividad concentrada y continuada de atención.
De esta actividad depende el éxito en la práctica meditativa al contactar con las zonas más ocultas de la mente gracias a un poder de percepción cada vez mayor. Ese movimiento hacia lo interior y profundo, necesario para el éxito de la meditación, requiere un movimiento algo distinto y un esfuerzo mayor.
Casi todos los que hemos aprendido a usar con eficiencia nuestra mente, no nos damos cuenta que ejercitarla en un tipo determinado de actividad llega, después de cierto tiempo a no necesitar casi esfuerzo alguno; en realidad, no llegamos a ser realmente eficientes hasta que esa actividad se realiza sin ningún esfuerzo.
Casi todas nuestras actividades mentales van por los surcos habituales, hacer cosas, casi sin esfuerzo, cuya técnica tenemos ya dominada en mayor o menor grado en vez de
mantenerse concentrada o impulsada en una determinada dirección por un movimiento de la voluntad o por la atracción de un objeto a lograr, o de un problema a resolver.

No es meditación el simple hecho de sentarse en determinada postura y de hacer que
el pensamiento produzca una serie bien hilvanada de ideas sobre un determinado tema.
Esto sería como escribir un articulo sin pluma ni papel o como dar una conferencia sin hablar. Tampoco es meditación dejar que la mente se mueva a lo largo de acostumbrados y ya muy recorridos surcos creados por la repetición de textos religiosos, aunque esto es lo que hacen casi todas las personas religiosas cuando «meditan» durante su diaria observancia.

Tendemos a convertir toda actividad necesaria en una rutina, para evitarle a nuestra mente un gran trabajo ni que tenga que elegir entre diferentes modos de acción o entre diferentes ideas.
Es por esto que se hacen populares los rituales en el ámbito de lo religioso ya que al menos guardamos las formas de vida religiosa, aunque carezcan de sustancia. Evidentemente así el estancamiento resulta inevitable. El mayor fracaso es el falso sentido, de logro y seguridad que engendra la rutina.
Y, ¿Cómo generar un estado mental apropiado, cuando nos sentamos a meditar?.
En primer lugar necesitamos que las cosas sobre las cuales queremos meditar tengan la necesaria intensidad y profundidad. Probablemente, nos imaginamos que queremos hallar la realidad que creemos escondida dentro de las capas profundas de nuestra mente y conciencia, pero se trata de un mero pensamiento vago, motivado por un deseo igualmente vago; no hay propósito claramente definido y dinámico; no hay intensidad de deseo, en el trasfondo, de resolver los problemas de nuestra vida interna y de descifrar los misterios de nuestra existencia.
Para hacernos una idea cualitativa de este tipo especial de estado mental necesario, hemos de recordar la tremenda intensidad de propósito y de concentración, eso es lo que nos dice Patañjali en el sutra I – 21. Necesitamos un impulso grande para salir de las limitaciones que nos impone nuestra vida cotidiana. Tanta atracción y deseo genera una enorme distracción.
Una buena práctica requiere una disciplina preliminar de la mente y del carácter.
El camino nos lo da el texto de Sadhana-Chatushthaya, el sistema cuádruple de perfeccionamiento de sí mismo, son cuatro aspectos que necesitamos profundizar en ellos para que la práctica llegue a buen puerto, son: Viveka (discriminación entre lo real y lo ilusorio), Vairagya (desapego mental), Shattsampatti (recta conducta o acción) y Mumukshuttva (anhelo de liberación).
Se trata de establecer un centro de conciencia en los planos superiores de manifestación, de abrir los canales entre lo inferior y lo superior.
Cuando transitamos los caminos del Raja-Yoga indicado en los Yoga-Sutras, el practicante tiene que realizar primero el Bahiranga o Yoga Externo, para llegar a la meditación en sus tres etapas de Dharana, Dhyana y Samadhi.
Ni siquiera se nos pide comenzar por Dharana hasta que hayamos dominado el Pranayama, según se explica en el Sutra II, 53.
Estos son los requisitos básicos que se nos pide para la práctica, y eso requiere una rigurosa preparación para llegar al verdadero estado de meditación.

Cuando la meditación se nos pone cuesta arriba, deberíamos hacer un buen examen de conciencia y un buen autoanálisis. Necesitamos comprender la razón fundamental de nuestra dificultad para meditar que no es otra que una carencia de fervor y de diligencia; hemos emprendido el método antes de querer, de anhelar de veras aquellas cosas que son objeto de la meditación. Es como poner el carro delante del caballo.

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