Aprendiendo a conjugar

Hace tiempo trasteando en el cuarto de los trastos de casa de mis padres encontré una libreta mía de parvulitos. Y como sigo pensando que lo más importante de mi vida lo aprendí en aquella época pues me inspiré y le dediqué este artículo.

El Futuro simple

Trasteando no hace mucho tiempo en los baúles familiares me encontré con uno de aquellos cuadernos del colegio de cuando yo tendría aproximadamente diez años. El olor de estos baúles es casi inconfundible, pero aquel cuaderno todavía conservaba su olor original. Recuerdo como repasaba sus notas camino del cole y con el viento de cara y sujetando sus hojas escritas aplicadamente con tinta azul, aprendiéndolas aceleradamente, pasando de una columna a otra cuyas desinencias se escribían en rojo y subrayado. Era mi cuaderno de conjugaciones. Sobre una página abierta había un título: el futuro simple.
La verdad es que esta frase me trasladó y me hizo soñar un poco.
¿Qué es el «futuro simple»  Más allá del «yo amaré», « tu harás» o «nosotros cantaremos»? …
El comienzo de un nuevo año lleno de deseos, de previsiones y de predicciones para todos los gustos, económicas, políticas o sociales. Lo más extraño es la pasividad con la que recibimos las predicciones: como si el devenir dependiera de un oráculo, horóscopo o maestro mediático que nos descargara de nuestra responsabilidad y esto nos pusiera contentos.
El coraje y la esperanza que forman parte de esta responsabilidad personal parece que pierden su valor frente  a la divagación. ¡Vengan hipótesis y apuestas!, se abre el futuro.
El futuro simple, es el de nuestra frescura de alma y de mirada, de nuestra confianza y de nuestros desafíos.
Todo él reposa sobre nuestros hombros, está en nosotros.

Nuestro destino es impenetrable, toda conjetura sobre él es arbitraria y sin fundamento, nuestro futuro no está escrito, no es seguro, la condición humana es incompatible con la certidumbre.
Ningún profeta intenta desvelarnos como será el mañana y este eclipse de los profetas, por amargo que sea de aceptarlo, es necesario.
El mundo del mañana nos corresponde a nosotros construirlo, a tientas y a ciegas;  será necesario construirlo desde la base, sin ceder a la tentación de reacomodar los pedazos rotos de nuestros viejos ídolos y sin levantar otros nuevos.
El futuro es un símbolo que tenemos que vivirlo desde lo esencial, es un lugar de confluencia de las aguas que nos llegan del espíritu y de la intuición, con las aguas de la vida, de lo cotidiano. Todo símbolo es una cuerda vibrante, que necesita de una cierta tensión para que haya vibración, una vibración que acaricie las piedras del templo de la vida que construímos con nuestro corazón.
El futuro hay que transitarlo por las huellas que nos llevan a la imagen que proyectamos de la vida. La imagen vive en nuestro interior, es una presencia.

«Si quieres percibir lo invisible, observa lo visible» Talmud

Un profeta no es aquel que predice el futuro, como nuestros modernos magos podrían hacernos creer, sino aquel que da testimonio de lo eterno, de lo imperecedero.
La palabra profética no tiene nada que ver ni con la actualidad ni con el porvenir, trasciende las peripecias de la Historia y nos da una orientación.
Que sea en la religión o en la cultura donde se pueda centrar, el profeta da siempre una palabra fresca y renovadora que nos proyecta al corazón de lo humano, a lo profundo del ser.
Es una palabra libre de todo modo, de todo halago: vehemente, exigente, incluso implacable. Porque ella es simple, extremadamente simple como el Espíritu. Implacable como el Absoluto. Simple y desnuda como la espada del Verbo. Es realmente el «futuro simple», que germina en cada instante vivido desde lo profundo.
La rueda vuelve a girar. El imprevisto surge, a veces. ¿De qué sirve la experiencia?.
Lo que parecía de una importancia primordial hoy corre el riesgo de ser secundaria. Dar un valor esencial a la experiencia podría llegar a ser una opinión en desuso. La experiencia está hoy, más o menos, caduca, carente de contenido significativo, la moda hace estragos, en lo social, en lo espiritual, en la justicia, en la política.
En este futuro inmediato descubro que quizás la belleza del mundo sea la sonrisa del espíritu a través de la materia, de este pequeño cuaderno garabateado, que se desdibuja, como los meandros de un río y que me recuerda que sonreir es lo primero. Para mí este es el símbolo de la « presencia ».
A veces nos viene bien que releamos los tiempos vividos en nuestro pequeño cuaderno, en nuestra experiencia, en nuestras amistades, releamos todos los tiempos en los que se conjuga nuestro ser y a los que tan bien se sabe acomodar, los imperfectos, los anteriores, los condicionales.
Pero de todos ellos el futuro simple podría ser el tiempo espiritual por excelencia, el de la pureza del deseo, el de la claridad.
Es el que conjuga la esperanza con la resolución; el que hace converger la fuerza del coraje con la dulzura de la confianza.
Si en este mundo que nos amenaza con desaparecer, no despertamos en nuestro interior la dimensión de eternidad, de contemplación, de acogimiento, la dimensión de lo femenino y sagrado; si no creamos espacios de silencio, donde suspender todo este frenesí, habremos olvidado nuestra vocación de hombres y de mujeres. Habremos olvidado el futuro más simple y el más profundo.

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